EVO, PLATÓN Y HEGEL
Por Juan Carlos Lázaro
Cayó Evo Morales en Bolivia. Lo
expectoró del poder una rebelión ciudadana decidida a hacer respetar sus
derechos democráticos. No fue una rebelión de derecha. Tampoco de izquierda. Ni de centro. Esa protesta la
han protagonizado tanto la oposición como los ciudadanos de a pie. Solo los
dogmáticos de izquierda, que observan estos hechos con anteojeras, ven en ese
movimiento de protesta ciudadana una conspiración derechista o del
imperialismo. Con las mismas anteojeras creen ver en la crisis chilena una
avanzada izquierdista. Están equivocados. No me cabe duda que Morales cumplió
en su primera etapa en el poder un papel importante en la recuperación del país
altiplánico. Con él Bolivia se estabilizó y creció económicamente. Se redujo la
pobreza. Se ensanchó la clase media. Tal vez estos éxitos –y los consejos de
los franeleros de su entorno– lo hicieron sentirse un ser providencial,
mesiánico, indispensable. Y entonces empezó a transitar el ilegal camino de las
reelecciones. Agotó tres periodos presidenciales. No le bastó. Bien dice el
lugar común que el poder corrompe. Llegó a controlar, además del Ejecutivo, el
poder judicial, el tribunal electoral y la mayor parte de la prensa. Recién va
a saberse la cantidad y el tamaño de sus delitos. Decidió hacerse reelegir por
cuarta vez aunque la Constitución –de su propia hechura– se lo prohibía.
Morales recurrió al referéndum. Fue derrotado en toda la línea. Aun así, mediante
una desvergonzada leguleyada, se hizo habilitar para una cuarta reelección. Y cuando
reparó que los votos le eran adversos, alteró su conteo durante 24 horas para
acomodarlos a su favor. La indignación ciudadana respondió a tanto atropello con
una rebelión popular. Ahora el país está sumido en la anarquía y al borde de la
guerra civil. Ya lo dije: Bolivia le debe importantes avances a Morales, pero
ello, de ninguna manera, podía ser razón para que él se zurre en la voluntad
popular, en la Constitución y en la ley. La autoestima de los ciudadanos, lo
dijo Platón, es tan importante como la razón y el deseo. Y para Hegel, este
factor, el de la autoestima, es el motor oculto, subjetivo, de las
revoluciones. Es el que hace que en algún momento el esclavo atente contra su
amo que lo ha humillado por siempre aunque éste le haya dado techo y comida. Pero
Morales no sabía nada de Hegel ni de Platón.