lunes, 11 de noviembre de 2019



EVO, PLATÓN Y HEGEL

Por Juan Carlos Lázaro

Cayó Evo Morales en Bolivia. Lo expectoró del poder una rebelión ciudadana decidida a hacer respetar sus derechos democráticos. No fue una rebelión de derecha. Tampoco  de izquierda. Ni de centro. Esa protesta la han protagonizado tanto la oposición como los ciudadanos de a pie. Solo los dogmáticos de izquierda, que observan estos hechos con anteojeras, ven en ese movimiento de protesta ciudadana una conspiración derechista o del imperialismo. Con las mismas anteojeras creen ver en la crisis chilena una avanzada izquierdista. Están equivocados. No me cabe duda que Morales cumplió en su primera etapa en el poder un papel importante en la recuperación del país altiplánico. Con él Bolivia se estabilizó y creció económicamente. Se redujo la pobreza. Se ensanchó la clase media. Tal vez estos éxitos –y los consejos de los franeleros de su entorno– lo hicieron sentirse un ser providencial, mesiánico, indispensable. Y entonces empezó a transitar el ilegal camino de las reelecciones. Agotó tres periodos presidenciales. No le bastó. Bien dice el lugar común que el poder corrompe. Llegó a controlar, además del Ejecutivo, el poder judicial, el tribunal electoral y la mayor parte de la prensa. Recién va a saberse la cantidad y el tamaño de sus delitos. Decidió hacerse reelegir por cuarta vez aunque la Constitución –de su propia hechura– se lo prohibía. Morales recurrió al referéndum. Fue derrotado en toda la línea. Aun así, mediante una desvergonzada leguleyada, se hizo habilitar para una cuarta reelección. Y cuando reparó que los votos le eran adversos, alteró su conteo durante 24 horas para acomodarlos a su favor. La indignación ciudadana respondió a tanto atropello con una rebelión popular. Ahora el país está sumido en la anarquía y al borde de la guerra civil. Ya lo dije: Bolivia le debe importantes avances a Morales, pero ello, de ninguna manera, podía ser razón para que él se zurre en la voluntad popular, en la Constitución y en la ley. La autoestima de los ciudadanos, lo dijo Platón, es tan importante como la razón y el deseo. Y para Hegel, este factor, el de la autoestima, es el motor oculto, subjetivo, de las revoluciones. Es el que hace que en algún momento el esclavo atente contra su amo que lo ha humillado por siempre aunque éste le haya dado techo y comida. Pero Morales no sabía nada de Hegel ni de Platón.